Problemas de pareja: La familia ajena

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Se necesitan dos para bailar un tango. Este es un antiguo dicho que tiene mucho que ver con las discusiones en pareja.

Para algunas parejas es una difícil tarea dejar una discusión para otro momento o simplemente disiparla. Hoy les traigo unos sencillos consejos para evitar que una diferencia de pensamientos o de ideas se convierta en una constante batalla. Este factor nos aleja y la falta de complicidad puede empeorar nuestras relaciones íntimas, así que hoy vamos a tratar el tema desde su raíz.

La vida de una pareja no siempre es armoniosa. Los desacuerdos y discusiones están casi siempre a la orden del día si cada uno sabe cómo defender bien sus ideales.

¿Cómo abordar las diferencias en un entorno inteligente y productivo?

Además de las historias personales y el tiempo que lleve unida la pareja hay una serie de cuestiones conflictivas que, en general, son las mismas: el dinero, la otra familia, los amigos, el tiempo libre, los niños, la carrera o trabajo, el chisme, la intención de controlar el otro, los detalles y la eterna manía de querer tener la razón.

Para resolverlos, debemos aprender ciertas herramientas y actitudes:

• Saber cómo a uno le sienta que siempre se le culpabilice de todo.
• Aprende a poner límites.
• Ser asertivo (hablar las cosas en primera persona y afirmativamente).
• Sea flexible.
• Aprenda a negociar sin renunciar ni tratar de imponer a los demás.
La familia de origen: Es el motivo de pelea por excelencia.
El tema familiar es un motivo frecuente de discusión, especialmente entre las parejas de recién casados, y “marcan terreno” constantemente; únicamente para ver quién hace cumplir las reglas. Estas son las luchas de poder, en el que cada uno descubre que él tiene una visión particular del mundo que no coincide con el otro.

¿La familia de otro puede ser realmente un problema?
Cuando alguien se casa, forma una nueva familia. Pero esto no significa que borrará la anterior. Hoy más que nunca estamos más conectados con nuestra familia de origen, principalmente por razones económicas. Como las nuevas parejas no confían en que la relación sea duradera, sabemos que lo que pertenece a los padres pertenecen a ellos cuando eran niños, mientras que lo que puede compartir con su compañero, mañana, se perderá. Lo que es seguro es que no hay más fidelidad vertical (familia de origen) que horizontal (con la nueva familia). Esto crea un desequilibrio, ya que comienza a ser una cuestión de lealtad.

¿A quién debemos ser leales?
La lealtad se cultiva en la pareja. Se supone que, desde el momento de casarse o decidir vivir juntos, formáis una nueva sociedad y una ruptura con el núcleo anterior. Esa es la única manera de reforzar el sistema.
Si uno tiene problemas con la familia del otro a causa de una negativa influencia ¿evitarlos es una solución?
Se supone que uno no puede escapar de su propia familia, ni pedir a la pareja que lo haga, hay que añadir, no restar. En otras palabras, hay que poner límites a esta influencia. Y el que primero hay que poner límites, es el hijo. No es la mujer, el hijo, la hija o el marido.

¿Y cómo establece límites sin lastimar a su pareja?
Los límites, en primer lugar ponlos en tu propia familia y luego a la de su compañero. Poner límites significa también no pelear con ellos, aguantar el tipo sí una situación nos hace sentir mal y esperar la tolerancia de la otra parte. También puedes solicitar un trato respetuoso. No se puede pedir al otro que “aguante por tí” a alguien que no le gusta, pero usted puede pedirle que no genere conflictos.

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